Cataluña o algunos catalanes, válga la ironía, en estos últimos meses, han sumido a su ámbito en la teoría del caos. Si primero fue el panorama eléctrico, ahora ha surgido, el republicanismo frustado de la rama de los burguesitos frustrados de su independencia, valga la segunda, también de casa o quizá de los niños de clases altas que ya gozan de una hipoteca o de unos porillos, pues la prole catalana ya no tiene hijos sino pisos o porros comprados que dan de comer al rey de Marruecos, o un alquiler quizá financiado por la Generalidad gracias al dinero de todos los españoles que pagamos nuestros impuestos con salarios más bajos gracias al desconocimiento del catalán a pesar de saber hablar más de tres idiomas y trabajar más de las ocho horas.
El surgimiento de la quema de imágenes de Juan Carlos de Borbón se ha puesto de moda entre las juventudes rovirianas de la Nueva Cataluña, cosmopólita, tolerante, universal y mariposilla (recién salida que echa a volar). Quizá la quema de una foto es un símbolo de la derrota independentista de ERC. Deben de empezar a pensar que Cataluña no es ERC y que la mayoría de Cataluña no es estúpida, sino no hubieran podido teñir de rojiamarillo cuatribarrado monárquico aragonés el comercio del Mediterráneo. Pero ésto es sólo un secreto sacado de la biblioteca del Monasterio de Montserrat o del Archivo de la Corona de Aragón y que no mueve tanto revuelo como una quema.